Reflexiones y debates sobre la “Inclusión Social” y el “Capitalismo en Serio”.

Cristina, la “Inclusión Social” y la cuestión del “Capitalismo en Serio”.

Escrito por “El Mecha”

cfk

Capaz que descubrí el agujero del mate, como quien dice, pero hace pocos días caí en la cuenta que nuestra presidenta – de raíz política justicialista- ya no habla más de JUSTICIA SOCIAL, sino que habla de INCLUSIÓN  SOCIAL.

Quizás a más de uno le parezcan diferencias mínimas, pero no lo son. La Inclusión puede tranquilamente basarse en una sociedad eminentemente injusta. Tal vez pueda atenuar la injusticia, pero no busca eliminarla necesariamente.

Y me puse a pensar, y me acordé de cuando Cristina dijo, en la reunión del G20, que había que volver a un “Capitalismo en Serio”. Y creo que ahí me cerraron algunas cosas.

Si uno le echa un vistazo a la historia se dará cuenta que el Capitalismo y la Justicia no son dos cosas muy compatibles. Carlitos Marx, con gran precisión científico poética dijo – y no exageraba – que el Capital llegaba al mundo “chorreando sangre y lodo, por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies”. (También se tomó el trabajo de estudiar y explicar el origen de la “ganancia” capitalista. Y bueno…, simplificando de manera brutal, dijo que ésta era fruto de la explotación del trabajo ajeno y no del ingenio, habilidad o proeza del empresario).

En definitiva, el Capitalismo, desde sus orígenes hasta la actualidad, se basó en la explotación y el saqueo: Nació de la salvaje “conquista de América”, se desarrolló esclavizando y saqueando a los pueblos del África, se enriqueció con la explotación del trabajo infantil y femenino, desató dos guerras mundiales y el nazismo, se sostuvo gracias a dictaduras y genocidios, descubrió el hambre en economías de abundancia, le hace diariamente la guerra a millones de inocentes, entre sus hits más destacados. ¡En Serio!

Se podría discutir si hubo algún momento en que el capitalismo produjo un reparto de la riqueza más equitativo. Lo podríamos admitir como algo coyuntural y siempre y cuando lo veamos en el marco de la amenaza que suponía la existencia de la URSS para el sistema capitalista. También podríamos aceptar que en Europa, en algunos países, hay(bía) un sistema más justo de repartición de la riqueza. Aunque cabría preguntarse si ese reparto no es ¡a costa del resto del mundo! (es decir que no es para todos)

Pero volviendo a la Inclusión y la Justicia.

Como decía al comienzo, me había parecido que la presidenta ya no utilizaba uno de los lemas más caros al justicialismo, la Justicia Social, y lo había cambiado por otro: la Inclusión Social. Revisando en el discurso de asunción de CFK me encontré con que a la Justicia no se la menciona ni una sola vez, y ahí está, en cambio, la señorita Inclusión. Más precisamente Cristina habló de un “modelo económico de matriz diversificada, de acumulación con inclusión social” [1]. Mientras que en otro discurso reciente (01/02/12) volvió a mencionarla y dijo que su propósito era “mantener una economía con competitividad y con inclusión social” [2].

Como se ve, incluso, y valga la redundancia, es una Inclusión Atada. Atada a la acumulación y atada a la competitividad. Y es por eso que podría llegar a ser Inclusión más nunca Justicia. Porque “competitividad” y “acumulación” en una sociedad capitalista seria dependen de la explotación. Y para países del “tercer mundo”, “subdesarrollados” o “dependientes”, como el nuestro, de la explotación y también del saqueo. Es decir de In-Justicias.

Y quizá alguno me diga – vos te peleás por “palabras”.

Y yo diré que sí, que es justamente con las palabras, y con las ideas con que desarrollamos la lucha política, o sea, y en definitiva, la lucha por un mundo mejor.

Y por acá quiero andar porque es el nudo del debate:

La política se desarrolla con marcos tácticos y estratégicos. Nuestra estrategia es la que orienta o “incluye”- ya que estamos- nuestras tácticas. Nuestra ideología y nuestro programa nos dan el marco estratégico, nos define nuestro horizonte utópico: “hacía allá queremos ir”.

Queda claro que la Justicia Social queda desterrada del horizonte utópico de los nostálgicos de un “Capitalismo en Serio”. Pareciera que la dejaron afuera por ser incompatible. Quizá no quisieron desilusionar a nadie.

O más probablemente ellos, que sí aprenden de la historia, se dieron cuenta que el  camino hacia la Justicia Social es un sendero de luchas contra el Capitalismo, ¡en Serio!

Uno de los padres de la patria latinoamericana, el “Apóstol”, José Martí decía:

“De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento”

No será con la “Inclusión” ni con el “Capitalismo en Serio” que haremos mella a este sistema de perpetuas injusticias.

Vamos a seguir pinchando con la Justicia y el Socialismo, que siguen siendo armas filosas y punzantes.

¡No las bajaremos!

PD: Algunos me dirán que hay quienes no quieren ni siquiera la Inclusión, y pretenden volver a la época de la dictadura, el neoliberalismo y etc. Es verdad, pero si vamos andar definiendo nuestros marcos estratégicos con esos criterios nos conformaríamos con comer moco porque la caca es mucho peor.

PD2: Me suena que la Inclusión Social es a la Justicia Social lo que la Caridad a la Solidaridad.

[1]Discurso de la Presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, en el Acto de Asunción del mando en el Congreso de la Nación ante la Asamblea Legislativa, 10 de diciembre de 2007,  http://www.casarosada.gov.ar/discursos/2940

[2]CFK, 01/02/2012, http://www.casarosada.gov.ar/discursos/25692

Algo más sobre la inclusión y la seriedad del capitalismo.     

Escrito por Abel Bo

cye2En una oportuna reflexión, “El Mecha” (Cristina, la “inclusión social” y la cuestión del “capitalismo en serio”, Equipo de Comunicación Juventud Guevarista, 8/2/12), pone de relieve una de las características con que la política capitalista utiliza ese arma tan poderosa como es la palabra para encubrir realidades, intentando – y muchas veces logrando – ocultar la esencia de las cosas. Por eso considero que su aporte acerca del uso de las palabras inclusión social para desplazar al binomio justicia social, está muy bien y no se trata – como bien dice irónicamente – del descubrimiento del agujero del mate.

En primer lugar porque destaca que la principal figura del peronismo contemporáneo trastoca lo que para ese movimiento había sido una de sus tres banderas fundantes (las otras, recordemos, eran independencia económica y soberanía política). Y vincula precisamente ese trastrocamiento desde el original enunciado justicia social hacia la actualizada inclusión social, con la defensa explícita de un capitalismo… en serio.

Al momento de su surgimiento (1945), el peronismo enarbolando esas tres banderas, se presentó ante el pueblo como una opción diferenciada y contrapuesta del capitalismo vigente hasta esa época y simultáneamente como opción frente al socialismo y/o comunismo como planteos anticapitalistas.

Frente al régimen oligárquico que construyó el capitalismo en Argentina desde la época colonial hasta la incipiente industrialización de los años ‘30 y ‘40, el peronismo le oponía precisamente la democratización de las relaciones obrero/patronales (las relaciones de explotación): ahí se fundaba su lema de justicia social y, precisamente, de ahí adquirió su denominación de justicialismo.

Frente al socialismo y el comunismo – y al marxismo en general – que planteaban (el marxismo lo sigue planteando) la lucha de clases como motor para alcanzar conquistas sociales y políticas, el peronismo despliega la conciliación de clases (capitalistas y trabajadores), arbitrando (o intentándolo hacer) desde el poder del Estado. Desde el Estado capitalista, va de suyo.

El peronismo enarboló así lo que denominó “tercera posición”, tanto en el terreno nacional, como en el internacional, enunciando una supuesta equidistancia frente al capitalismo imperialista y a la entonces Unión Soviética.

El peronismo de la justicia social (45-52) desarrolló una política económica-laboral que precisamente logró una importante inclusión social, al incorporar al empleo registrado, con salarios en blanco, aguinaldo, vacaciones, previsión y seguridad social a millones de trabajadores. No era objetivo justicialista eliminar la explotación.

El peronismo de la independencia económica no emancipó nuestro país de la dependencia imperialista, precisamente por no erradicar el capitalismo. Sí mantuvo importantes conflictos con la dominación imperialista – cuya injerencia en su derrocamiento en 1955 fue decisiva -, pero no le impidió suscribir antes el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), instrumento del intervencionismo norteamericano en la región.

El peronismo regresó al poder después de 18 años de proscripción en 1973, enarbolando además de sus tres banderas, la consigna de liberación o dependencia. Era una época de auge revolucionario argentino y latinoamericano, con presencia de poderosas fuerzas antiimperialistas. La consigna se presentaba como encaminada hacia la liberación nacional. La consigna competía en las luchas políticas con fuerzas revolucionarias que planteaban la liberación nacional y la liberación social. En el breve período del 73-76 en que gobernó, el peronismo no solo no avanzó hacia la liberación nacional, sino que impuso el Pacto Social en el terreno económico interno. Para eso desplegó desde el aparato del Estado todos los instrumentos jurídico-políticos para contrarrestar las demandas de justicia en aquel entonces desplegadas en poderosos movimientos sindicales y políticos que cuestionaban la explotación: leyes de prescindibilidad, de asociaciones sindicales, de reforma del Código Penal, de Contrato de Trabajo (presentada como una verdadera revolución social), etc. Y cuando no lo pudo hacer con la fuerza de esas leyes lo hizo con la fuerza de las armas (Policía Federal, Triple A). Violencia que se ejercitó incluso contra todas las corrientes que dentro del propio peronismo luchaban por las tres banderas y por la liberación contra la dependencia. Terminó con el tristemente célebre Rodrigazo que impuso el primer gran golpe neoliberal al promediar 1975, devaluando masivamente los salarios.

La imposibilidad de contener el auge de los movimientos de masas, las tendencias antiburocráticas sindicales y los movimientos insurgentes, lo debilitaron a tal extremo, que el peronismo fue derribado por las Fuerzas Armadas (1976) sin haber realizado ninguna de sus consignas. Peor aún: habiendo desplegado políticas contrarias a los enunciados.

La vuelta al poder del peronismo en 1989 se hizo enancada en las consignas de salariazo y revolución productiva. La década del peronismo menemista puso de relieve el significado de esas atrayentes palabras. Salariazo se concretó en brutal caída del poder adquisitivo de salarios y jubilaciones. Revolución productiva se concretó en cesantías en masa, remate y privatización del patrimonio público (incluyendo el subsuelo, sus hidrocarburos y minerales), flexibilización y precarización laborales, derogación de toda la legislación proteccionista del trabajo, destrucción de la ya deteriorada red ferroviaria nacional y extranjerización de la economía para encadenarla a la llamada globalización. Estas políticas fueron continuadas e incrementadas por la Alianza UCR-Frepaso al punto de llevar el país al colapso de 2001-02, con la mayor destrucción de fuerzas productivas que conoció nuestra historia.

El retorno del justicialismo al poder se hizo con la vertiente del peronismo kirchnerista, con la propuesta de un gobierno nacional, popular, democrático y racional: el capitalismo “en serio”.

Efectivamente, la recomposición capitalista del 2003 a la actualidad es también la mayor de nuestra historia. Es la época de la inclusión social que comenta “El Mecha”, poniendo de relieve en su análisis que la racionalidad invocada es la de un crecimiento del producto bruto a “tasas chinas”, con una tasa de acumulación del capital nunca antes alcanzada.

La comparación con el largo período histórico anterior (1975-2003, abierto y cerrado por el peronismo gobernando) evidencia un contraste marcado, ya que la expansión de las fuerzas productivas y las políticas dirigidas a recomponer el mercado interno y un sector del empresariado nacional, produjeron importante recuperación del empleo, el mejoramiento del poder adquisitivo de los salarios de un sector de la clase obrera, aunque el salario promedio de la sociedad no supera el nivel de una canasta familiar.

“Falta mucho” alegan constantemente los sostenedores del “modelo de crecimiento con inclusión”. Es cierto. ¿Pero falta mucho para qué? ¿Para lograr la justicia social?

En la programática original del peronismo, justicia social significaba alcanzar la meta de que la renta nacional se repartiese mitad para los trabajadores y mitad para los capitalistas: es decir, que la riqueza se distribuyese en un 50% para varios millones de asalariados y 50% para una exigua minoría de propietarios. Esto que resultaba intolerable para la clase empresaria (hoy igual que ayer) se instaló como la gran aspiración para millones de trabajadores.

En muy breves períodos de los largos años que gobernó el peronismo se alcanzó ese tipo de distribución. Cada vez que la tasa de ganancia empresaria empezó inexorablemente a disminuir, con gobiernos peronistas (como en el ‘52 o en el ‘75 y ni qué hablar en la década menemista) o con gobiernos antiperonistas, lo que se había conseguido con esa justicia social se perdía inexorablemente.

Volviendo a la pregunta: ¿Falta mucho para qué? ¿Para alcanzar la meta distributiva de 50% y 50%? Difícilmente el contemporáneo capitalismo “en serio” pueda llegar a esa denominada justicia social. Por eso, el uso del lema inclusión social aparece como un inteligente recurso de propaganda política. Porque, ¿quién podría oponerse a que millones que aún permanecen en el desempleo puedan tener un salario?

¿Se trata de justicia social? Definitivamente no. Porque para alcanzar la justicia social – tarea de largo alcance incluso en un cambio de raíz en el sistema económico – es condición indispensable, lograr la liberación social. Es decir, que los creadores de las riquezas se liberen de la explotación. Porque no hay redistribución de la riqueza posible si no hay redistribución – para usar sus mismos términos – de la propiedad. Es algo más que una cuestión económica.

Y como hemos visto en esta reflexión, también es algo más que un juego de palabras. Como dice “El Mecha” citando a José Martí, se trata de una lucha de ideas, de pensamiento: “De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento”.

Las palabras y su uso, expresan intereses. Los intereses dominantes las utilizan con astucia para generar adhesión encubriendo detrás de lemas atractivos.

¡Bien por los jóvenes como “El Mecha” que se esfuerzan en desmitificar lo que hay detrás de las palabras! Y le agrego una reflexión que pude escuchar de Agustín Tosco en una reunión con ferroviarios en una casilla en Cruz del Eje: “La conciencia es como un campo en donde todos siembran. La burguesía ha sembrado malezas. Nosotros, los proletarios, debemos cortar las malezas, sembrar la semilla y cosechar el fruto”.

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