Roberto Jorge Santoro

El 1º de junio de 1977, tres hombres de civil secuestran a Roberto Santoro en la Escuela Nacional Técnica Nº 25 Fray Luis Beltrán, donde era preceptor. Santoro no era sólo un escritor, un poeta o un periodista: quería sacar la literatura de los recintos intelectuales y llevarla a la calle. “Si mi poesía no ayuda a cambiar la sociedad no sirve para nada”, afirmaba. Su compromiso con la palabra lo llevó a ser parte indispensable y fundante del Grupo “Barrilete”, a crear un sello editorial, a buscar una nueva forma de sindicalismo para los escritores. Pero también a ser miembro del Partido Revolucionario de los Trabajadores – Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP) y desde allí militar en el Frente de Trabajadores de la Cultura (FATRAC) y en el Frente Antiimperialista y por el Socialismo (FAS). Por ANRed.

Santoro, el poeta de la rueda azul (por Anred)

“Roberto Santoro: Sangre grupo A, factor Rh negativo, 34 años, 12 horas diarias a la búsqueda absurda, castradora, inhumana, del sueldo que no alcanza. Dos empleos. Escritor surrealista, es decir, realista del sur. Vivo en una pieza. Hijo de obreros, tengo conciencia de clase. Rechazo ser travesti del sistema, esa podrida máquina social que hace que un hombre deje de ser un hombre, obligándolo a tener un despertador en el culo, un infarto en el cuore, una boleta de Prode en la cabeza y un candado en la boca”. (1)

Predestinado a llevar siempre una libretita, hincha ferviente de Racing y excelente contador de chistes, Roberto Santoro nació en Buenos Aires el 17 de abril de 1939. Su viejo era inmigrante italiano y se llamaba Salvador. Su mamá, argentina y de nombre Emilia. Tenía una hermana mayor a la que le decían Neneca. La familia vivía sobre la calle Warnes, cerca del Parque Centenario, pleno corazón de la Ciudad de Buenos Aires. Cuando Roberto tenía 4 años, se mudaron al barrio porteño de Chacarita. En 1956 terminó el colegio secundario e ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras. Iba a realizar ambas carreras pero el servicio militar obligatorio truncó sus planes y los próximos dos años estaría en la Marina.

Su primer libro se publicó en 1962: “Oficio desesperado”; el último, “No negociable”, en 1975. Escribió sobre una diversidad de temas que iban desde los cantitos de las hinchadas de fútbol hasta la crítica a las instituciones del Estado y a la Iglesia. A veces lo hacía con humor negro, otras con dolor, alguna vez con esperanza, pero siempre de forma directa y sin enmascarar sus ideas.

Santoro no era sólo un escritor, un poeta o un periodista. Quería sacar la literatura de los recintos intelectuales y llevarla a la calle. Así soñaba, por ejemplo, con arrojar poemas en medio de una manifestación. “Si mi poesía no ayuda a cambiar la sociedad no sirve para nada”, afirmaba.

Su compromiso con la palabra lo llevó a ser parte indispensable y fundante del Grupo “Barrilete”, a crear un sello editorial, a buscar una nueva forma de sindicalismo para los escritores, a idear proyectos colectivos y no individuales, vinculándose con escritores, músicos, pintores, fotógrafos. Pero también a ser miembro del Partido Revolucionario de los Trabajadores – Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP) y desde allí militar en el Frente de Trabajadores de la Cultura (FATRAC) y en el Frente Antiimperialista y por el Socialismo (FAS).

A menos de tres meses del inicio de la última dictadura militar en la Argentina, el 3 de junio de 1976 y a través de una carta destinada a la Confederación de Escritores Latinoamericanos, el poeta denuncia las persecuciones a sus compañeros escritores y periodistas así como la desaparición, secuestro o arresto de varios de ellos. Cita entre otros a Antonio Di Benedetto, Haroldo Conti y Daniel Moyano. Su escrito finaliza de este modo: “El presidente, no obstante, habla de la libertad y la democracia. Se liberan los precios. Hay cesantías en masa. Distribuyen una cartilla para prevenir actividades subversivas en las escuelas (…) EE.UU. acepta el plan del ministro de economía, hombre ligado a los monopolios; los obispos hablan de la paz y rezan. Borges declara que la literatura y el arte son formas de placer (…) Lo cierto es que los compañeros siguen presos y es necesario que ustedes, a través de la Confederación de Escritores Latinoamericanos, nos den una mano, la de la solidaridad (…) Y a favor de la causa popular testimonien el atropello de las burguesías sobre el proletariado (…) Hermanos, discúlpenme la letra; no tengo máquina donde estoy. Compréndame, compréndanos. De todas maneras somos optimistas. Esto recién ha comenzado. El presente es de lucha, el futuro es nuestro…”.

El 1º de junio de 1977, tres hombres de civil lo secuestran en la Escuela Nacional Técnica Nº 25 Fray Luis Beltrán, donde era preceptor. Era una noche cerrada, húmeda y fría. “Uno de ellos dicen que dijo ser hermano de un alumno y que pidió por un preceptor. Dicen que él se acercó, extendió su mano y se presentó con nombre y apellido. Dicen que esgrimieron armas de fuego y que lo sacaron a patadas y empujones. Dicen que una empleada pidió auxilio y que los que la oyeron y acudieron al llamado fueron encerrados en una oficina a punta de pistola. Dicen que él gritaba ‘¡Me llevan a mí! ¡Me llevan!’. Dicen que lo metieron en un auto y que el auto se perdió en la noche” (2). Se llevaban a Santoro, se llevaban a Roberto, se llevaban al compañero de Dolores, al padre de Paula, a un escritor, a un militante, a un luchador.

Entre Barrilete y el sindicalismo

Barrilete apareció en 1963. En un principio fue dirigida por Santoro y, a partir del número 6, se estableció un Consejo de Redacción. Una de sus particularidades fue tomar temas de la realidad y trastocarlos en poesía. Así surgieron los “Informes”, breves folletos de unas diez páginas con un tema central y que se vendía a un precio económico, intentando la más amplia difusión. Después del primer informe, comienza a publicarse la revista.

Celeste Plaza en su artículo “Remontando barrilete” señala que “(la) orientación de la publicación hacia el proceso revolucionario se ve notablemente enfatizada en el último número y en el Informe sobre Trelew, el más revolucionario de todos, que representa la conjunción más transgresora entre vanguardia y política realizada por el grupo. Con Santoro nuevamente a la cabeza del proyecto, desde 1973, su propuesta no es un formato tradicional de revista, sino un sobre impreso con papeles de colores de distintos tamaños, recuperando la estética y los códigos del panfleto, lleno de poesía y de imágenes, donde la poesía, el arte y la fotografía trabajan en conjunto en pos de la denuncia y el cambio político, en el marco de una situación política límite, cuando la Triple A ya operaba a destajo. Este formato permite que la revista se desglose en millones de pequeñas partes y así de una u otra manera llegue a más cantidad de personas. La última publicación de Barrilete es el inconseguible Informe sobre Trelew (1975), que incluía testimonios de sobrevivientes de la masacre y poesías, y que fue secuestrado de la imprenta por la policía”.

El grupo Barrilete. Arriba: Roberto Santoro, Alberto Costa, Rafael Vásquez y Enrique Courau. Abajo: Rubén Cáccamo y Carlos Patiño.

Por otra parte, Santoro asumía que la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) debía ser el sindicato para quienes la palabra es su oficio. Un primer paso era publicar un libro y así Barrilete también se hizo sello editorial. No sólo publicaron textos propios sino de otros, como Leopoldo Marechal, y también un long-play, “Buenos Aires vuelta y vuelta”. A la par, surgió el proyecto editorial autogestionado Gente de Buenos Aires y Papeles de Buenos Aires.

“No teníamos por qué hacernos a un lado y dejar nuestra casa sólo para los aristócratas de la literatura”, recuerda años después Alberto Costa, codirector de Barrilete y Secretario General de la Agrupación Gremial de Escritores (AGE). Y cuenta que “sábados y domingos nos dedicábamos con Santoro a visitar a escritores consagrados por sus obras y respetados por su posición democrática. Nuestro argumento era mínimo: escribir es un oficio y uno tiene derecho a vivir dignamente de su oficio. Para eso era importante formar la AGE, presentarse a elecciones en la SADE y ganarlas. Porque sí, porque juntos siempre seríamos más. Nos escuchaban y nosotros, ávidos, los escuchábamos… A Elías Castelnuovo, que después fue nuestro candidato a Presidente de la SADE, que había sido de los primeros anarquistas del Río de la Plata, que todavía usaba un corbatín negro anudado al cuello. Decía que él, desde siempre, había preferido estar equivocado junto al pueblo, que tener la razón y estar enfrentado al pueblo. Tenía 90 años cuando fuimos a su casa en Liniers y nos lo encontramos sobre una escalera apoyada contra la pared porque estaba poniendo unos rieles para unas cortinas”.

Integraban la AGE Haroldo Conti, Oscar Barros, Enrique Coureau, Juan Carlos Higa, entre otros. También David Viñas se unió como candidato a secretario. Finalmente no ganaron las elecciones pero fue una muestra más del compromiso militante por cambiar lo establecido. “La SADE -había declarado Santoro- viene sufriendo desde hace ya muchos años la inoperancia de sus ejecutivos y la desaprobación de sus denostadores. Pero a la SADE no se la ignora, se la gana apoyando toda actitud positiva”.

Voz de Urondo, voz de todos

Roberto Santoro además fue un “buscavidas”, de esos de múltiples oficios: pintor de brocha gorda, puestero en un mercadito, preceptor en una escuela, tipógrafo, vendedor ambulante. También Haroldo Conti era de esa partida: maestro rural, actor, director teatral aficionado, seminarista, piloto, profesor de filosofía. Humberto Constantini anduvo entre quehaceres como el de veterinario, el de ceramista, el de investigador y el de vendedor.

Pero sin duda lo que los unió fue la palabra. O, mejor dicho, el compromiso de la palabra unido a la acción, vínculo en el que también caben nombres como los de Rodolfo Walsh o Francisco “Paco” Urondo. Militantes y escritores o militantes escritores, diferencia sutil, de estilo, no de raíz. “Empuñé un arma porque busco la palabra justa”, voz de Urondo, voz de todos. Voces que merecen ser rescatadas porque, tal como decía Santoro, “por necesidad se respira, como se escribe poesía también por necesidad. Por necesidad de comunicarse, de decirle a los hombres la rueda azul de la esperanza. De testificar lo que pasa en el mundo. De avivar, no sólo en la acepción de dar viveza, animar, encender o acalorar; sino también en la acepción porteña, la de dar a entender al otro que es lo que pasa aquí y ahora”.

Una selección de poemas

Calcomanía
sonríe
dios te ama
disimula
el comisario vigila

Cuadro
Cada vez que hay un problema
el juez levanta el martillo
y el país se hunde
más adentro.

Lluvia en la villa
afuera
el agua cae
de arriba para abajo
adentro
el agua sube
de abajo para arriba.

Verbo irregular
yo amo
tú escribes
él sueña
nosotros vivimos
vosotros cantáis
ellos matan.

Canto a la esperanza
Andaba yo desnudo de mí
perdido en la lluvia del olvido,
de barco navegando por las plazas,
dormido el pecho,
su gorrión descalzo
y tuve que llevarte a la palabra,
ponerte en posición de vuelo,
a veces de bufanda
rueda azul
andaba
te seguía
mi muerte con su forma de guitarra
y tuve que ponerla en la memoria
como se pone un hijo
con esa rabia dulce
mitad de mí
agua del aire
andaba así
de loco en el olvido
de furia que quiere reventar por el costado
y un día de tanto nombrarla
la encontré,
se la llevé a mi madre,
la puse en el saludo,
la compartí como un pan con mis amigos,
la arrastré hasta. el remolino del amor
allí donde los ríos tienen un mismo nombre,
para que entendiera de una vez por todas
que era nuestra,
para que nunca se olvidara de este país enorme,
de esta ciudad,
su ternura abandonada en los portales,
le dije algunos versos,
le puse el corazón como una hoguera,
me la bebí de cabo a rabo,
le enrosqué la cola en mi solapa,
me di el gusto de agarrarla de la mano
y hoy la traigo aquí,
pero si un día se llega a volar porque fallamos
si se escapa esta rabia que llamamos esperanza,
si un día se va,
yo crucifico al amor
y después de enterrar a mis hermanos,
me voy con el tranvía de la muerte
a clausurar mi corazón en una plaza.

Las cosas claras
mi voz está en su sitio
el corazón sabe algo más porque me duele

por eso digo:
terrible oficio
es repartir equivocadamente los abrazos
y que el alma viva entre perros hambrientos

uno de mis errores
fue creer que todos éramos hermanos

y ahora
no se le puede cambiar el horizonte a la nostalgia
hay que olvidarse de las viejas sonrisas
y andar con el dolor a cuestas
para que sirva definitivamente

nunca dije
mi lágrima fue grande
sufrí
no me quisieron

cada uno conoce su dolor
y sabe de qué manera hablarle a la desgracia

que venga la vida y me golpee
de nada vale cerrar los ojos

un hombre dormido
es un dolor que descansa

es duro el amor cuando se niega
un día sin embargo recuesta sus abrazos
apoya su misterio en mi cabeza
y me lleva a vivir al primer piso de un incendio

no comparo
simplemente doy mi fruto
y espero

la semilla más humilde
puede brotar el fuego o la hermosura

si estoy acorralado entre dos besos
decido acurrucarme al pie de mi corazón
y sueño

soy triste hasta los zapatos

a la hora del té
mi alegría se sienta y llora conmigo

pero sostengo que un día
aunque el amor sea el hermano implacable de la lluvia
de mi casa a tus ojos
no habrá naufragios


(1) Extraído de un reportaje concedido a la revista Rescate en octubre de 1973 donde Santoro se describe a si mismo

(2) Las palabras pertenecen a la periodista Lilian Garrido y son un fragmento de su estudio crítico sobre el escritor

http://www.anred.org/article.php3?id_article=3796

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s