EL DÍA QUE NO CONOCÍ A CORTÁZAR- por Daniel De Santis

EL DÍA QUE NO CONOCÍ A CORTÁZAR

La Plata, enero de 1997

Publicado en la revista Lilith nº 4

Temporada primavera 2005

Daniel De Santis

julio cortazar

La tarea que tenía asignada en la empresa Lechera del Pueblo, distribuir alimentos en las cocinas de sus haciendas, era bastante rutinaria, pero la cumplía con devoción militante y la matizaba organizando y entrenando a las milicias sandinistas entre sus trabajadores. Un día, no menos bochornoso que el anterior, cuando el sol comenzaba a declinar, me encontraba repartiendo los últimos alimentos para la cocina de la hacienda lechera El Charco, en la que comían los casi ochenta hombres que allí trabajaban y vivían. Joaquín, joven y fuerte miliciano, encargado de abastecimientos y otras tarea s, se me acercó y como en secreto me dijo que habían llamado por la radio para avisar que esa noche, en casa de Manuel, habría una reunión de la colonia argentina a la que iba a asistir el señor Julio Cortázar.

Terminé con las tareas, me despedí de Joaquín, subimos con mi ayudante a la maltratada camioneta Toyota que teníamos asignada, hice bramar el motor y partí raudo. Atravesé la avenida central y doblé a la izquierda para tomar la carretera que va de León hacia Managua. Cuando ya veía la cinta asfáltica me di cuenta de que había una escaramuza de la guerra “contra” que recién comenzaba. Retrocedí sobre mi marcha y tomé por el camino que bordeando el lago de Managua, deja a la izquierda el lago desde el cual se eleva, sobre la orilla opuesta, la figura paternal del volcán Momotombo, y que por la derecha cruza sucesivamente las haciendas lecheras: El Charco, El Paraíso, El Escobilial y El Tamagás. Esta zona cubierta de pastos duros y vegetación achaparrada, es como una lengua ardiente que se extiende hacia el volcán, que los lugareños conocen como la península del Chiltepe. Después de pasar El Escobilial se entra en un paraje desolado y el camino se transforma en una senda de dos huellas, la que muchas veces se pierde en los pastos o en los pantanos poblados de garrobos que anuncian la presencia de lagartos mayores.

Al llegar a El Tamagás se interpuso en mi camino un grupo de hombres trabajando, entre quienes reinaba gran alborozo, se encontraban carneando una vaquillona y un novillo. Como su actividad hacía que estuviese cerrada la tranquera, bajé de la camioneta y me puse a conversar sobre su tarea. Les comenté, entre presuntuoso e interesado, de la costumbre argentina de comernos las tripas y les pedí que me hicieran un paquete. Con la desconfianza propia del hombre de campo y la socarrona picardía nica, uno de ellos me dijo:

–          Sí, pero aquí comemos huevo de toro.

–          Nosotros también –respondí-.

–          Sí, sí -retrucó vivaz- pero nosotros lo comemos crudo.

Tomó el cuchillo, cortó, le pegó un tajo al medio y mordió para luego ofrecerme mientras saboreaba… Como amor propio no me falta, acepté… Tan mal gusto no tenía.

Ya ganada la confianza les pedí que despejaran el camino y que abrieran la tranquera.

Comenzaba a oscurecer cuando, al cruzar el campo de entrenamiento y polígono de tiro del Ejército Sandinista, pinché una cubierta. Mientras cambiaba la rueda comencé a preocuparme, a pensar que no llegaría a tiempo. Sentía como un mandato de que al encontrarme con Cortázar debía contarle un secreto de nuestro querido y remoto Chivilcoy.

En mi mente de niño el escritor Cortázar era un personaje confuso. Su caminar distraído por la vereda de mi casa, por la que pasaba para llegar a la Escuela Normal, se me mezclaba con las anécdotas que contaba mi hermano Luciano sobre el poeta Domingo Zerpa, el Indio, como le llamaban los alumnos. Este destacado jujeño compartía las aulas y las páginas literarias con Julio, y con un joven escritor mercedino de nombre Nicolás, que cortejaba a mi tía Elena.

Frente a la Escuela Normal se encuentra la Plaza España cuyas fuentes y mayólicas fueron testigos de muchos amores juveniles, tal vez el más famoso haya sido el del escritor nacido en Bruselas y de mi vecina la joven maestra y destacada nadadora, la señorita Martín, que inspiró unos versos que mencionan a mi plaza, en la que jugué los primeros partidos, y luego descubrí los primeros amores.

Pero mira la plaza

llenarse de colores;

abre el sol por las flores

la estremecida caza

En la piscina fría

y en la fuente sonora

es más clara la hora

tibia del mediodía.

Cortázar, en su libro La vuelta al día en ochenta mundos, en el que hace un repaso de “ochenta” temas distintos, nos cuenta que al hablar de la seña de llevarse el dedo índice a la sien y girarlo como un tornillo, irrumpe por derecho propio Don Francisco Musitani, vecino de Chivilcoy, hombre que tenía devoción por el color verde; de allí que su casa pintada de verde se llamara La verde pura, vistiera frac y galera blancos con vivos y pañuelo verdes. Fuera también quien pintó un caballo del mismo color y que hubiera tenido otras ocurrencias muy prácticas como hacer el piso de su casa con mucho declive, de tal manera que con un balde de agua podía limpiar la casa entera; o haber colocado, sobre su cama, un atril provisto de una polea, para ordenarle a su mujer que colocara allí el diario del día el que, al acostarse, con sólo girar una manija bajaba hasta él. Así disfrutaba cómodamente de su lectura y luego, al terminar, giraba la manija en sentido opuesto.

Otra de las particularidades de don Francisco, y a la que se refería mi secreto, era su bicicleta blanca con vivos verdes, la cual portaba siete timbres, uno para la media cuadra, otro para la esquina, otro para saludar a las chicas…

Musitani, a no dudarlo, fue durante muchos años el personaje más conocido de aquel pueblo, el loco lindo más solicitado por los niños. Quienes lo hayan sido en las décadas del cuarenta, del cincuenta y hasta los sesenta recuerdan que, al avistar a lo lejos su figura de quijote en bicicleta, se interrumpía un puchero de “mil” figuritas, la quema o el hoyo tenían que esperar, y hasta el más encarnizado partido de fútbol era suspendido pues, como poseídos por una fuerza superior, éramos todos convocados por su presencia para verlo pasar y correr tras él gritándole, una y otra vez:

¡Musitani!, ¡Musitani!, ¡toque corneta y timbre!,

Francisco Musitani con sus hijos, en una de sus habituales campañas publicitarias

Y aquel buen hombre invariablemente saciaba la demanda infantil. Esta escena se reiteraba cuadra tras cuadra, indefinidamente.

Don Francisco sacaba provecho de su insanía y popularidad, los comerciantes colgaban en su bicicleta carteles de publicidad, los que le reportaban una renta suficiente para vivir, y para los corsos de carnaval alquilaba su bicicleta y su atuendo a la murga del club Racing, para que otro, tan esbelto y enjuto como él, se disfrazara de Musitani.

Hasta aquí el recuerdo de niño y lo que Julio Cortázar conoció allá por la década del 40, época en que fue profesor de literatura en la Escuela Normal de Chivilcoy. Los años pasaron, me fui a estudiar y a vivir a La Plata, luego vino la militancia, el exilio, y así nos encontrábamos en 1983, con ansias locas de volver. Esporádicamente recibíamos una carta, un paquete de yerba y las novedades políticas y sociales de Argentina y también de Chivilcoy. Una de ellas encerraba el secreto que quería compartir con Cortázar.

Con la rueda buena retomé la marcha por aquel sendero que a la altura de El Tamagás se convierte nuevamente en un camino polvoriento, pero camino al fin, el que pocos kilómetros después es asfaltado, y tiene otro ingrediente de simpatía: por allí está la entrada a Xiloá, lago volcánico, uno de los paseos más cercanos a Managua y al que concurría con más frecuencia.

Eran pasadas las 8:30 hs. cuando alcancé la ruta a Managua a la altura de la hacienda lechera Masilí; donde la Empresa Lechera del Pueblo Roger Deshon Arguello tenía sus oficinas y estaba nuestra base de operaciones. Allí dejé a Rugama, mi ayudante, a quien intentaba enseñarle a leer, mientras viajábamos, con los carteles de propaganda colocados en la ruta, pues nos pasábamos todo el día juntos arriba de la camioneta.

Luego de cruzar la Cantera, pensé que no me convenía entrar por El 7 Sur (kilómetro 7 de la carretera que va hacia el sur) debido al congestionamiento en el tránsito. Entonces tomé el sinuoso camino que desemboca directamente en el barrio Linda Vista, pero antes debía subir y bajar la Cuesta del Plomo, que sólo sería un empinado y peligroso barranco, con curva y contracurva, como tantos, si no hubiese ganado su nombre y lugar en la historia en los días finales de la revolución. Con estos pensamientos que dominaban mi cerebro la oscuridad de la noche se me hacía más profunda. Me detuve y sentí el peso y la presencia de cientos y cientos de patriotas, o simples ciudadanos nicaragüenses sospechosos de ser sandinistas y revolucionarios, quienes habían sido fusilados por la dictadura somocista en los días de la ofensiva final. Nunca a otro lugar de la tierra lo sentí más asociado físicamente con la muerte. Me desperté de mi ensueño y me acordé de Cortázar, de Don Francisco, de que a pesar de todo hay que seguir y seguir aferrados a la belleza de la vida.

Miré el reloj, eran pasadas las 22 hs., me desesperé,

–          ¡Ya no llego! -me dije-, y continué mi veloz carrera por by-pases con adoquinado somocista, ciudad plástica con niños pidiendo limosna, mango verde o maduro, gallo pinto, pinolillo, hermosas niñas nicas, verde olivo, sandinismo, revolución, nostalgia,

–          ¡Ya no llego!… chivilcoy, la plata, ensenada, propulsora, zona sur, rosario, nostalgia,… argentina, buenos aires, nostalgia.

–          Ya no llego…

Las luces estaban apagadas, la velada había terminado. Lentamente di la vuelta e inicié la retirada hacia mi casa con una desazón que me llenaba el alma.

Había imaginado llegar a la reunión en la que encontraría a muchos compatriotas en amena conversación y a Cortázar en el centro. Al abrir la puerta de calle y ver su figura majestuosa, sin que me temblara la voz, levantando los brazos, le iba a gritar: ¡¡Don Julio!!, ¡¡Don Julio!!… ¡¡Francisco Musitani nos traicionó!!… ¡¡traicionó el verde!!, ¡le han sacado el frac y su galera, lo han vestido de pollito amarillo, y su bicicleta lleva una sola propaganda!:

ALIMENTOS PARA AVES, CAR-GILL

… O tal vez no traicionó, nunca fue loco, sino que simplemente se rió de todos nosotros y su última ironía fue vestirse de amarillo, pero a cambio de guardar bajo su almohada unos buenos billetes del color de su devoción.

 

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