Polémicas (II). Con el nacionalismo. Mella y Mariátegui. por Daniel De Santis

Polémicas (II). Con el nacionalismo.

Julio Antonio Mella y José Carlos Mariátegui

Daniel De Santis

28 de diciembre de 2013

 Veremos cómo se comenzó a forjar el marxismo latinoamericano en oposición tanto al marxismo euro céntrico (III Internacional luego de la muerte de Lenin) como al particularismo indo americanista (nacionalismo) cuyo principal teórico y dirigente político fue el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre.

La tercera Internacional durante su primer período, con Lenin vivo y Trotsky jugando un papel relevante, tuvo una política ofensiva, de extender la revolución a todo el mundo, o al menos a toda Europa: es decir, tenía una visión internacionalista de la revolución. Planteó que esas revoluciones tenían que estar dirigidas por el proletariado para poder avanzar hacia el socialismo. Desde el punto de vista de la política internacional, para América Latina hay muy pocos documentos de estos primeros cuatro congresos. En ellos se exponían las tareas de una revolución democrática, agraria, antiimperialista y socialista, es decir una combinación de tareas no socialistas, pero con un contenido y una dinámica de clases para que avanzara hacia el socialismo desde el inicio.

 Julio Antonio Mella

mella

Estas ideas fueron tomadas por los distintos partidos comunistas, cuyas figuras más destacadas fueron Julio Antonio Mella (1903-1929) y José Carlos Mariátegui (1894-1930). El primero fue un joven cubano que en 1925 participó de la fundación del Partido Comunista. Mella no era el líder del grupo fundador, sino un joven muy activo, de sólo 22 años que había recibido gran influencia de la Reforma Universitaria de Córdoba y de la Revolución Mexicana y que había fundado la Liga Anticlerical de Cuba en 1922, la Federación de Estudiantes Universitarios en 1923 y promovió la creación de la Liga Antiimperialista de las Américas en 1925. En 1926 fue detenido por la dictadura de Gerardo Machado y exiliado en México.

En 1924 escribió el folleto “Cuba, un pueblo que nunca fue libre”. En varios de sus trabajos, Mella planteaba con claridad que la lucha no era solamente en contra del imperialismo y de la dictadura, sino que había que luchar también por el socialismo. No negaba el apoyo a los movimientos nacionalistas de emancipación en los países atrasados, pero “a condición de que sean verdaderamente emancipadores y revolucionarios”, manteniendo la independencia ideológica y organizativa de los comunistas. Sostuvo una polémica con el líder antiimperialista peruano, Víctor Raúl Haya de la Torre, que en 1924 había fundado la Alianza Popular Revolucionaria Americana –APRA– como un movimiento en el ámbito latinoamericano para luchar contra el imperialismo. Mella acusaba a Haya de propugnar un “frente único en favor de la burguesía, traidora clásica de todos los movimientos nacionales de verdadera emancipación” ya que “la lucha definitiva por la destrucción del imperialismo (…) no es sólo la lucha pequeño burguesa nacional, sino la proletaria internacional, ya que sólo venciendo a la causa del imperialismo, el capitalismo, podrán existir naciones verdaderamente libres”.

No pasó mucho tiempo para que quedaran en evidencia las críticas que le realizaban Mella y también Mariátegui. Para la década de 1940, Haya de la Torre terminó pactando con el imperialismo. El APRA siguió siendo por varias décadas el partido más importante de Perú pero, pese a girar varias veces hacia la derecha, no terminaba de desprestigiarse. Producto del fraude y de los golpes militares, sólo accedió a la presidencia en dos oportunidades. El APRA de la época fundacional vendría a ser como el peronismo, pero mucho más de izquierda, como la Juventud Peronista de los setenta. Tenía una propuesta antiimperialista, revolucionaria, de masas, junto a la clase obrera, el campesinado, e incluso, en un primer momento, coqueteaba con el socialismo. En su concepción, el APRA ponía el acento en las particularidades de América Latina. Si esas particularidades la hacían tan distinta al resto del mundo –decían– debía tener no sólo una política específica, sino una concepción del mundo y hasta una teoría del conocimiento específica, una teoría del conocimiento americanista. Es decir, que exaltaba hasta el extremo el particularismo de América Latina.

En cambio, otras corrientes sufrieron la desviación opuesta, trasladando esquemáticamente las formaciones sociales, los modos de producción, las experiencias, las conclusiones y, por lo tanto, las categorías que las describen, de los análisis que realizaban los partidos revolucionarios del continente europeo, a América Latina y, a partir de esas categorías importadas de Europa, lanzarse a la lucha política en América Latina.

Estas fueron las dos desviaciones más burdas: por un lado, el particularismo cuya expresión fundamental es el APRA, y por otro lado el euro centrismo, desviación que adoleció en gran medida el marxismo en América Latina.

Mella no cayó en ninguna de estas dos tentaciones. Él estuvo, al igual que Fidel Castro posteriormente, muy influenciado por José Martí (1853-1895), quién a partir de 1883 dirigió la última etapa de la guerra por la independencia de Cuba, hasta que cayó en combate en 1895. En varios países de América Latina es conocido como un excelente escritor modernista pero, no para rebajar su categoría como escritor –que lo era, y el mejor–, Martí fue esencialmente un revolucionario entregado por completo a la causa de la independencia. Estuvo preso por primera vez a los 16 años por luchar por la independencia de Cuba. Desde esa época fue un militante de primer orden y, desde el punto de vista ideológico, lo podemos caracterizar como un jacobino de izquierda, un demócrata revolucionario, consecuentemente antiimperialista. Fue uno de los primeros pensadores que penetró en la esencia de la que llamó por su nombre: imperialismo. Refiriéndose a Estados Unidos, dijo: “Viví en el monstruo y le conozco sus entrañas”.

Mella se inspiraba en Martí, en la lucha nacional, anticolonialista, antiimperialista, pero se ubicaba dentro del marxismo, de Marx y Lenin, al que reformuló e hizo planteos específicos para la realidad cubana y de América Latina. Cuando Cuba era gobernada por la dictadura de Machado, en 1926 fue detenido y exiliado en México y allí se incorporó al Partido Comunista mexicano, que lo segregaba porque lo acusaba de trotskista.

Como Cuba es una isla, para los revolucionarios la forma de iniciar la lucha, desde Martí en adelante, tomando como base Estados Unidos, o México o alguna isla cercana, como Santo Domingo, es por medio de la invasión (para los contra revolucionarios también, pero afortunadamente no han tenido éxito). Mella estaba preparando una invasión cuando fue asesinado en México, en el año 1929, por agentes de la dictadura de Machado.

 José Carlos Mariátegui

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El otro gran pensador, incluso hoy considerado por algunos el más importante marxista de América Latina, fue José Carlos Mariátegui. Aunque desde nuestro punto de vista, el Che debe ser considerado, al menos, en el mismo nivel, pero sin dudas son los grandes teóricos del marxismo latinoamericano. Pero en esta época, el peruano Mariátegui, fue el que hizo los análisis más relevantes del marxismo. El eje directriz de su obra bien puede estar encabezado por el siguiente párrafo de su “Ideología y política”:

“No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano.”

Estuvo exiliado del ‘20 al ‘23 en Europa y frecuentó a los principales teóricos del socialismo en ese momento. Adquirió una gran formación teórica lo que le permitió, pese a morir muy joven, dejar una abundante producción. El principal de sus escritos, Siete ensayos sobre la realidad peruana, es el primer intento de un marxista de hacer un análisis de una formación económico social latinoamericana. Después de un esquema de la evolución económica, se adentró en el problema del indio. Utilizando el materialismo histórico descubrió que “la cuestión indígena arranca de nuestra economía [y] tiene sus raíces en el régimen de propiedad de la tierra”. Desnudó la argumentación reaccionaria de que el problema del indio es un problema étnico, al establecer que está vinculado con la propiedad de la tierra. Entonces no es un problema de raza, sino un problema de clase. Nos habla de la etnia-clase, que la cuestión del indio es que es un campesino desprovisto de tierra, por lo que la solución es “la liquidación de la feudalidad”. Asimismo, los primeros contingentes de la clase obrera fueron provenientes de las razas indígenas del Perú porque las cuatro quintas partes de la población peruana son indígenas, por lo tanto, la solución era “peruanizar el Perú”.

Mariátegui planteaba que sobre todo en Perú, aunque en general en América Latina, las burguesías no habían eliminado la feudalidad, sino que se apoyaban en ella. Pese a ello, igual que Mella, consideraba que la revolución debería ser democrática, agraria, antiimperialista y socialista. Se afirmaba en el hecho de que “no existe en el Perú, como nunca ha existido, una burguesía progresista, con una sensibilidad nacional, que se proclame liberal o democrática y que inspire su política en los postulados de su doctrina”. La clase dominante peruana ni siquiera luchó por la independencia. Fue San Martín, con el apoyo de O´Higgins, quien dirigió la lucha, y después tuvo que llegar Bolívar desde el norte a completar la obra, mientras la burguesía peruana conspiraba contra todos: contra San Martín, contra Monteagudo, contra Bolívar. Era una burguesía muy reaccionaria pero, en general, lo era –y lo sigue siendo– la burguesía latinoamericana. Si bien la guerra de independencia significó una revolución política, porque trajo un cambio en la clase dirigente, ésta pasó de ser la española–europea a ser la española–americana o criolla, aunque esos terratenientes y comerciantes criollos no se jugaron por construir países desarrollados. Por lo tanto, Mariátegui afirmaba que la revolución era democrática, popular, agraria, pero como la burguesía era contrarrevolucionaria, los únicos que la podían hacer eran la clase obrera aliada con el campesinado, de lo que deducía que la revolución debía, junto a las tareas democráticas, iniciar el camino al socialismo.

Como por su intensa actividad teórica y cultural Mariátegui ocupaba un lugar destacado en la izquierda peruana, en 1926 dirigía una revista teórica y cultural que se llamó Amauta, Haya de la Torre decidido a fundar el APRA en Perú –en 1924 lo había fundado en México– lo invitó a integrarlo. La invitación fue aceptada por Mariátegui porque “allí nosotros participamos como una fuerza socialista, obrera” debido a que el APRA estaba “concebida inicialmente como un frente único, una alianza popular, como bloque de clase oprimidas”. Pero cuando Haya de la Torre, en 1928, decidió transformarlo en “el Kuo Min Tang latinoamericano”, es decir, un movimiento poli clasista dirigido por la burguesía nacional, Mariátegui rompió y polemizó, porque era de la idea que para ser verdaderamente antiimperialista había que ser socialista. Así fundó el Partido Socialista peruano como un partido atípico dentro del marxismo, porque fue un partido de dos clases: la obrera y la campesina, pero manteniendo la independencia ideológica de la primera. Incluso, se opuso a llamarlo partido comunista, lo que nos permite especular que intuía cómo venía la mano en Rusia, porque si bien no se definió en la polémica Stalin-Trotsky, realizó algunos comentarios sobre Trotsky que son, más vale, positivos. También en 1928 fundó un periódico específicamente obrero: Labor, y al año siguiente, la CGT peruana. Mariátegui, a quién en el año ‘23 le habían amputado una pierna por una enfermedad a raíz de un accidente que había tenido cuando era niño, no pudo asistir a la Primera Conferencia de los partidos comunistas de América Latina que se realizó en Buenos Aires porque la enfermedad le había recrudecido. Pero él envió dos documentos. Uno sobre la cuestión indígena, “El Problema de las razas” y el otro, “Punto de vista antiimperialista” que, salvo algunas menciones de época, parece escrito en la actualidad. Ambos provocaron intensos debates, pero la conferencia ya estaba bajo la hegemonía del sector stalinista.

De la misma fecha de la Conferencia de Buenos Aires –junio de 1929–, es la “Carta colectiva del grupo de Lima” escrita por Mariátegui en representación del colectivo, en polémica con la Conferencia y con el APRA. Respecto de la primera revela uno de los ejes del debate dentro de comunismo ya que en ella se realiza una contundente defensa del carácter socialista de la revolución. Al analizar ésta palabra, vaciada de contenido ayer y vaciada de contenido hoy, decía: “Tenemos que restituirle su sentido estricto y cabal”. Si vamos a hablar de una revolución en América Latina, tenemos que hacerlo claramente, “será simple y puramente la revolución socialista. A esta palabra agregad, según los casos todos los adjetivos que queráis: ‘antiimperialista’, ‘agrarista’, ‘nacionalista revolucionaria’. El socialismo los supone, los antecede, los abarca a todos”. En relación al APRA la posición de Mariátegui tampoco se dejaba tentar por una visión nacionalista: “En la lucha entre dos sistemas, entre dos ideas, no se nos ocurre sentirnos espectadores ni inventar un tercer término. La originalidad a ultranza es una preocupación literaria y anárquica. En nuestra bandera escribimos esta sola, sencilla y grande palabra: socialismo (con este lema afirmamos nuestra absoluta independencia frente a la idea de un Partido Nacionalista pequeño burgués y demagogo)”.

La posición oportunista de izquierda de la tercera Internacional ocultaba en 1930 lo que quedaría expuesto claramente a partir del VII Congreso de la III Internacional cuando ésta organización cayó en el oportunismo de derecha: El particularismo nacionalista y la concepción de la revolución en etapas coincidían en un punto crucial de la revolución en América Latina, es decir, la invención de una burguesía nacional democrática y antiimperialista. Ambas concepciones, aparentemente opuestas, terminaban importando las categorías políticas surgidas de la evolución de las sociedades europeas. En cambio, para “el Amauta” que había logrado penetrar en el conocimiento de las sociedades latinoamericanas quedarse solamente con el antiimperialismo era, y es, ver las cosas desde la superficie porque éste “no constituye ni puede constituir, por sí sólo, un programa político”.

En el prólogo a Tempestad en los Andes escribe un párrafo de total vigencia, en el que integra una acertada visión de las tareas de una revolución en la América Latina atrasada con un fino razonamiento de la lógica dialéctica:

“Mentes poco críticas y profundas pueden suponer que la liquidación de la feudalidad es empresa típica y específicamente liberal y burguesa y que pretender convertirla en función socialista es torcer románticamente las leyes de la historia. Este criterio simplista de teóricos de poco calado, se opone al socialismo sin más argumento que el de que el capitalismo no ha agotado su misión en el Perú. La sorpresa de sus sustentadores será extraordinaria cuando se enteren de que la función del socialismo en el gobierno de la nación, según la hora y el compás histórico a que tenga que ejecutarse, será en gran parte la de realizar el capitalismo –vale decir, las posibilidades históricamente vitales todavía del capitalismo– en el sentido que convenga a los intereses del progreso social”.

Producto de su enfermedad, José Carlos Mariátegui murió el 16 de abril de 1930. Enseguida comprenderemos por qué Mariátegui desapareció de la historia del marxismo en Latinoamérica, desde su muerte hasta la Revolución Cubana.

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