A 13 AÑOS DE LA MASACRE DE AVELLANEDA

LO QUE LA REBELIÓN POPULAR NOS DEJÓ

Hoy deben ser muy pocos quienes no tengan grabadas en la mente las imágenes de un policía ingresando a la estación de Avellaneda, de Dario Santillán haciendo gestos de clemencia, mientras trataba de auxiliar a Maximiliano Kosteki, y luego, el mismo Darío huyendo ante la inminencia de los tiros. Imágenes de los policías apuntando, de Santillán herido mortalmente y, después, siendo arrastrado por los uniformados mientras se iba desangrando. Hoy nadie debe olvidar que el 26 de junio de 2002 fueron ejecutados por la policía dos luchadores del pueblo argentino en la que pasó a conocerse como la Masacre de Avellaneda.

13 años después, es imprescindible que no olvidemos
que estos asesinatos que inscribieron dentro de
un esquema de dominación política que, apuntando
con todo el rigor represivo hacia el pueblo
organizado, buscó frenar la resistencia social que
tuvo su más evidente expresión 6 meses atrás, con
las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001.

Para entender aquella época, preciso es recordar que, mientras florecía el movi­miento piquetero y la CGT reunificada volvía a parar, obligados todos por la crisis, el hambre y el salto monstruoso de la desocupación que la política eco­nómica de Menem y Cavallo habían provocado desde los 90, comenzaban a gestarse en nuestro país dos caminos contradictorios de salida a esa crisis po­lítica y económica: uno, el de la cons­piración burguesa liderada por Duhal­de; el otro, el de la rebelión popular.

El camino marcado por la rebelión popular del periodo 2001-2002, fue el corolario de un proceso de luchas obreras y populares que sacudieron los sucesivos gobiernos que desfilaron por la Casa Rosada. No hay que olvi­dar la importancia de las siete huelgas generales de la CGT. Sumar las luchas del movimiento piquetero, las huelgas docentes, los conflictos parciales pero contundentes de Zanón, EMFER, Río Turbio, Ferroexpreso Pampeano, huel­gas de municipales y camioneros, etc. Los piqueteros que enfrentaron, el 26 de junio de 2002 en el puente Puey­rredón, a una combinatoria de fuerzas represivas si bien fueron desalojados por las balas homicidas del gobierno, lograron frenar, con su resistencia, el modo autoritario de recomposición del régimen de gobernabilidad en des­composición. El Presidente interino Duhalde logró encausar la situación política hacia unas las elecciones ade­lantadas al costo de su completo descré­dito, pero no logró desalojar al pueblo de las calles que continuó movilizado.

Sin embargo, preciso es no ol­vidar que Néstor Kirchner fue ungido Presidente con la bendi­ción política de ese mismo Du­halde. Esto ayuda a clarificar el otro camino por el que transitó la salida de la crisis del neolibe­ralismo-menemismo. Kirchner fue una pieza lúcida de la cons­piración burguesa apoyada en la Liga de Gobernadores, que ha­bía elevado al poder a Duhalde. Pero a la conspiración burguesa, en principio sobrepasada por la Rebelión popular, le allanó el camino la falta de claridad po­lítica acerca del momento que se vivía: No se estaba ante una crisis revolucionaria aunque si ante una crisis de dominación, pero en el marco nacional e in­ternacional de una derrota de la revolución. Hecho inédito en la historia de lucha de los pue­blos cuya respuesta requería de una gran madurez política que el movimiento popular no po­día alcanzar espontáneamente. Mientras que la izquierda sobre­viviente a la Dictadura estaba en un profundo desconcierto. La clase obrera y el pueblo, no contaron con los instrumen­tos políticos y sociales necesa­rios para canalizar esa enorme fuerza hacia la construcción de un camino que condujera al poder del pueblo trabajador. Si fue capaz de imponer cier­tas condiciones de las que no podía escaparse el nuevo go­bierno, que tuvo que gobernar en base a conce­siones al pueblo para poder realizar su misión de reconstrucción de la dominación burguesa.

La audaz política de derechos humanos, soste­nido en la devaluación con la que logró el apoyo del conjunto de la clase capitalista, que impulsó Néstor le sirvió para cubrir dos grandes objetivos de un tiro: por un lado despegarse de Duhalde (odiado por la movilización popular y siempre agazapado conspirando), y por otro construir una base social propia (había ganado las elec­ciones con solo el 22% de los votos) encausan­do así para la recomposición del sistema y las instituciones esa energía desatada por el pueblo, desarticulando un “peligroso” caldo de cultivo que podía gestar una alternativa más radicaliza­da y hasta revolucionaria en el mediano plazo.

Maniobrando sobre los efectos de la Rebelión, con concesiones al movimiento piquetero desti­nadas a dividirlo e integrarlo, la política econó­mica fue, en gran medida, una continuidad de la iniciada por la dupla Duhalde-Lavagna (apo­yado en grupos como Techint y Clarín) hasta el conflicto del campo en 2008, cuándo, dispuesto a avanzar con un capitalismo más desarrollista chocó con los grupos que hasta entonces lo ha­bían sostenido. La necesidad de recomponerse políticamente fue la que marcó el momento de mayor radicalización del kirchnerismo con la estatización de las AFJP, la Ley de Medios, la Asignación Universal, etc. La crisis económica mundial le puso límites a esa política de tinte progresista, que comenzó a ser sustituida por la de “sintonía fina” con la intención de eliminar los subsidios y enfriar sus políticas desarrollistas.

El periodo de rebelión del 2001-2002 no logró su­perar la barrera del “que se vayan todos” para po­ner un verdadero gobierno de los trabajadores y el pueblo, pero sí imponer nuevas condiciones más favorables. Pero, como un segundo producto de la rebelión, han surgido o se han desarrollado orga­nizaciones políticas con perspectivas revoluciona­rias en todo el país, que crecen y se consolidan para seguir en la lucha, como nuestro Frente por la Uni­dad Guevarista, y todas las organizaciones que de él hacen parte. El saldo en aprendizajes, experien­cias y organización política es muy importante. El reiterado fracaso de las opciones del gran capital, hoy de la mano del kirchnerismo, debería abrir la expectativa que otro sistema, liderado por los tra­bajadores, de las soluciones que el pueblo necesita.

Para la clase dominante se torna impres­cindible desterrar la herencia política de la Rebelión popular. Hacernos olvidar para siempre a Dario, Maxi y los miles de luchadores populares que han dado la vida por un mundo mejor. Para los tra­bajadores se hace necesario que hoy sus luchas converjan en una alternativa polí­tica que evite su aislamiento, o la usurpa­ción de sus efectos por la clase dominante como desde el 2003 a esta parte.

Una alternativa que sea capaz de luchar por un cambio completo en el sistema, llevando por fin a los trabajadores al poder. Se hace más urgente, entonces, incorporarse y construir organizaciones políticas revolucionarias, que se planteen el socia­lismo como alternativa. En esa tarea estamos hoy.

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