POR LA SEGUNDA, VERDADERA Y DEFINITIVA INDEPENDENCIA

POR LA SEGUNDA, VERDADERA Y DEFINITIVA INDEPENDENCIA

POR LA SEGUNDA, VERDADERA Y DEFINITIVA INDEPENDENCIA

Un repaso por momentos claves de la historia, para entender por qué aún hoy peleamos por la independencia.

I

El 25 de mayo de 1810 había comenzado la Revolución en el Río de la Plata como parte de la Revolución en toda la América española, promovida principalmente por el ala jacobina de los patriotas y habiendo despertado la movilización de las masas de gauchos, indios y negros. La Revolución se continuó en la guerra de independencia contra la Corona española pero la oligarquía criolla de las Provincias Unidas del Río de la Plata (que hoy son Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay) se oponían a una formal pero imprescindible declaración de “independencia de España y de toda otra dominación extranjera”, no tanto por la restauración realista y feudal en Europa como por el temor a la movilización de las bases del pueblo.

Por eso para la declaración de la independencia de 1816 fue determinante el aislamiento porteño. El Directorio que ejercía como Poder Ejecutivo de las Provincias Unidas, se encontraba aislado, rodeado militarmente por el ejército sanmartiniano que se preparaba a cruzar los Andes, por las milicias gauchas de Güemes que defendían la frontera norte y por el artiguismo que, desde la Liga de los Pueblos Libres, controlaba la Banda Oriental, el litoral, Santa Fe y Córdoba.

El poder de Artigas y Güemes se apoyaba en el gauchaje movilizado y armado, y sus proyectos políticos, como la entrega de tierras a los gauchos, indios y negros eran enormemente peligrosos para la clase que había sido la principal beneficiaria de la ruptura con España: la burguesía comercial y terrateniente bonaerense. La Liga había ya declarado la independencia en el Congreso de Arroyo de la China, casi un año antes de la declaración de Tucumán. Güemes representaba el poder decisivo en el norte, en abierto conflicto con la oligarquía terrateniente. En Cuyo, San Martín financiaba el Ejército de los Andes con impuestos que gravaban las grandes fortunas y confiscaba las tierras de los emigrados españoles.

En ese contexto es que sesionó el Congreso desde marzo de 1816. No había margen para dilatar la declaración. La voluntad de emancipación de los pueblos rioplatenses era inequívoca. Los diputados porteños eran prácticamente los únicos que no tenían mandato respecto a la independencia, pero estaban en absoluta minoría frente a las representaciones de las demás provincias: las de Cuyo bajo influencia de San Martín, Salta dirigida por Güemes, Córdoba afín al artiguismo, Santiago y Jujuy furiosamente antiporteñas. La propia elección de Tucumán como sede del Congreso prueba el desprestigio que sufría entonces Buenos Aires.

De este modo, en el Congreso de 1816 se resolvió nuestra independencia política pero, paradójicamente, no se sentaron las bases de una Nación independiente. Más aún: de aquel Congreso, ya trasladado a Buenos Aires, surgió la Constitución elitista de 1819. El rechazo de las masas de Buenos Aires y las provincias a ese engendro abriría el camino a las guerras civiles que desgarraron al país hasta 1862. Entonces, luego de la deserción de Urquiza en Pavón, las burguesías de Buenos Aires y el interior sellarían el pacto que estabilizaría definitivamente su dominio sobe el país.

II

¿Por qué nuestra Nación no es independiente, después de 200 años de haberse declarado como tal? Rastreando en los orígenes de nuestra existencia como estado independiente lo que encontramos es que nuestra clase dominante se constituyó como resultado de la lucha entre la burguesía agrocomercial bonaerense y las antiguas oligarquías de las provincias, tal era el contenido y la base social de las luchas entre unitarios y federales. La dirección del nuevo país, con el fin de sacar la mejor tajada propia, construía un vínculo semicolonial con la por entonces principal potencia mundial: Inglaterra. Las masas campesinas y el gauchaje de peones y pequeños productores rurales, jugaron en ese proceso un papel subordinado: movilizados forzosamente por los ejércitos regulares para aplastar al interior, o resistiéndolos desde las montoneras dirigidas por caudillos surgidos de la misma oligarquía, no podían conquistar la dirección de la lucha e imprimir otro contenido y otro programa al país.

La declaración de la independencia fue tal vez la última gran concesión hecha a las masas campesinas, inevitable por el contexto de una Buenos Aires rodeada por Artigas y Güemes, por el ejército sanmartiniano dirigido por un militar de carrera que, sin embargo, promovía una política que chocaba con el interés de los ricos, y por un Paraguay, independiente desde 1811, que se desarrollaba de manera pujante bajo la dirección de Gaspar Francia. Derrotada esta primera generación de caudillos y quitado el General San Martín -ocupado en su campaña americana- del centro de la escena, las masas ya no encontrarían quién exprese los únicos intereses sobre los cuales podía apoyarse la verdadera independencia nacional. Salvo algunas excepciones, los nuevos caudillos, de Dorrego a Rosas, de Quiroga a Urquiza, ya no serían otra cosa que exponentes del interés de su clase puesto por encima del interés nacional.

III

En los doscientos siguientes años asistimos a verdaderas batallas por la segunda independencia y por la revolución social en las décadas de 1960 y 1970, época en que Mariano Moreno, Juan José Castelli y el gauchaje, encontraron su continuidad en Mario Roberto Santucho y las luchas del pueblo trabajador que tuvieron un programa y una construcción política que hicieron peligrar el poder de la clase de los capitalistas. Después, seguimos siendo testigos impotentes de los rapaces conflictos entre los que nos mandan. Luego de la rebelión del 2001, usurpando las banderas de ese momento histórico, el kirchnerismo amagó con la construcción de un “país normal”, con enfrentar a las patronales agrarias para luego capitular frente a ellas, con asaltar el poder mediático sin tocar las bases económicas en que ese poder se apoya, con crear otra burguesía nacional que nos liberara del imperialismo. Finalmente quedó en evidencia que ese proyecto, lejos de encaminarse hacia la liberación del país, había usado esa retórica como pretexto para enriquecer a un puñado de nuevos burgueses. Y, avanzando varios pasos hacia la entrega total de la soberanía, el Virrey Mauricio invitó al Rey de España a la celebración de los 200 años de independencia.

Al fin y al cabo, así como la declaración de 1816 fue una concesión a las masas, el kirchnerismo también lo fue. Las masas que consumaron en el 2001 la derrota del plan neoliberal aunque no fueron capaces de consolidar una alternativa política propia, no podían sin embargo ser gobernadas por ninguna fracción que representara la continuidad de aquel plan.

Pero el proyecto kirchnerista no podía cumplir con el programa que él mismo proclamaba, porque no estaba dispuesto a poner en manos del pueblo trabajador la dirección del país, su límite era el capitalismo y ninguna sociedad capitalista puede ser dirigida por las masas trabajadoras sin chocar con su propio funcionamiento. Por eso fracasó, y su fracaso abrió la puerta al único proyecto capitalista posible que es el que expresa Macri, y que implica la consolidación de las cadenas de nuestra opresión nacional.

Hoy, como hace 200 años, la verdadera independencia del país sólo se encuentra en el interés del pueblo. El sueño de Moreno y Artigas, de Güemes y San Martín sólo puede ser modelado por las manos de las mujeres y los hombres trabajadores, unidos por abajo sin la tutela de ninguna fracción de las clases dominantes. Los productores de la riqueza y constructores del nuevo mundo mediante la unión del pueblo son los destinados a realizar la segunda, verdadera y definitiva independencia.

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