A 52 años de la fundación del PRT, algunos elementos para retomar sus enseñanzas

Luego del triunfo de la Revolución Cubana en 1959, con Fidel Castro y Ernesto Che Guevara a la cabeza, se abrió una esperanza para los pueblos de América Latina. El Che fue uno de sus pilares. Su ejemplo recorrió América Latina como un rayo de insubordinación ante las dictaduras que asolaban a los pueblos y les dio valor para emprender la lucha, y recorrer sus propios senderos hacia la emancipación. Movilizó a miles y miles de argentinos y argentinas, que de la nada construyeron sus organizaciones revolucionarias. De entre ellas emergió con fuerza el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), dirigido por Mario Roberto Santucho, que supo leer su tiempo, encabezar las luchas contra las dictaduras militares y la explotación capitalista, fundar y dirigir al Ejército Revolucionario del Pueblo. Alcanzando gran desarrollo entre los trabajadores rurales, los pobres del noroeste y, progresivamente, entre los trabajadores de los grandes centros industriales del país, y entre los estudiantes y las barriadas populares. No se prestó a las maniobras de Perón, que trabajó para dividir a los revolucionarios, y fue el Partido que logró poner contra las cuerdas a la gran burguesía. La dictadura de Videla lo consideró su principal enemigo, por eso destinó sus mayores y principales fuerzas para combatirlo.

Hoy, 25 de mayo, se cumplen ya 52 años de la fundación del PRT, concretada en 1965. El PRT proviene del proceso de unificación del Frente Revolucionario Indoamericanista Popular (FRIP) y Palabra Obrera. Su primer Congreso se formaliza el 25 de Mayo, fecha relacionada con su intención de recuperar la historia de resistencias nacionales, estableciendo una diferencia clara con la “izquierda tradicional” de Argentina.

Esta nueva organización buscaba superar los límites de la izquierda tradicional, su pacifismo, el stalinismo que planteaba alianzas con la burguesía “nacional” y los sectores minoritarios que no tenían relación con el movimiento de masas. En este sentido lo clave fue poner como objetivo central el tema del poder, de cómo luchar por el poder y cómo construir un poder alternativo al de la burguesía. Para esto era necesario poner el eje fundamental del desarrollo en buscar una más amplia influencia en las masas y especialmente en la clase obrera. La realidad era que hasta ese momento nada estuvo más alejado de las preocupaciones de la izquierda argentina que el problema del poder: este es el punto fundamental que va a diferenciar desde su nacimiento al PRT.

En el documento “Poder burgués, poder revolucionario”, Mario Roberto Santucho, máximo dirigente del PRT, recorre la historia del movimiento obrero argentino y sostiene cuáles son los dos enemigos ideológicos del movimiento popular a los cuales este debe vencer para constituirse en revolucionario y luchar por el poder real: por un lado, el populismo (Santucho también lo denomina “nacionalismo burgués”, que consiste meter a la supuesta burguesía nacional como parte del pueblo, y pensar que el enemigo está solo fuera del país); por otro lado, el reformismo (lo identifica en el Partido Comunista, así como el exponente del populismo dentro del campo popular era, en aquel momento, Montoneros).

Remarquemos que dice enemigos “ideológicos” y no políticos. La diferencia es clave y es lo que mucha de la izquierda actual no entiende: la diferencia entre ideología y política. La ideología es la base teórica de nuestro accionar; la política es cómo intentamos llevar adelante esa teoría en base a la relación de fuerzas real existente en donde militamos, a la historia del lugar, a las experiencias de los compañeros junto a los cuales luchamos. Lo que aquí proponía Santucho era la más amplia unidad de acción contra los enemigos políticos, contra la derecha reaccionaria, y la más firme discusión política acerca de que la confianza en las direcciones burguesas y la no defensa de la independencia política de la clase trabajadora llevaba a la derrota. Se retomaban así las enseñanzas de Lenin ante el golpe de Kornilov.

Recuperar esa historia y esa forma de práctica política, de militancia, nos parece fundamental en el intento de poner en pie un partido revolucionario que sea consecuente con sus posiciones políticas, sin que ello implique contentarse con ser expresiones marginales. Un partido que no se dedique a opinar y criticar desde la platea del teatro o el costado del camino, sino que se construya en la perspectiva de incidir en el proceso, como parte de la clase obrera y el pueblo.

Para poder provocar esa disputa concreta por el poder, el PRT, retomando la tradición vietnamita (En ese momento una de las experiencias más importantes en cuanto luchaba directa y abiertamente contra las fuerzas imperialistas), sostiene la necesidad de construir cuatro herramientas estratégicas.

1) Un partido revolucionario, construido en la clase obrera y el pueblo. Los sectores pequeños, y aún medianos, de la burguesía pueden llegar a ser acaudillados por la clase obrera y otros sectores populares en el desarrollo de la lucha revolucionaria. Pero no existe una burguesía nacional antiimperialista: ella es aliada del imperialismo. Se apunta a la construcción de una propuesta de Hegemonía Obrera, donde la clase acaudille un Frente que conquiste las tareas de liberación social y nacional. Una propuesta claramente contrapuesta a la concepción stalinista de Frente Popular, que incluye a la burguesía supuestamente “nacional”.

2) El otro elemento estratégico es la construcción de un ejército del pueblo, con un carácter más amplio, para incorporar a todos los compañeros y compañeras dispuestos a la lucha contra el imperialismo, contra la explotación, independientemente de su filiación política más restringida.

3) El tercer instrumento era la construcción de un frente de liberación nacional y social, que tenía como base a los aliados estratégicos de la clase obrera hacia la revolución.

4) La cuarta herramienta estratégica era el internacionalismo proletario. Desde 1969 miembros de la dirección del PRT se reunieron con los compañeros del MIR chileno, los Tupamaros de Uruguay y con los del ELN de Bolivia. Estas cuatro organizaciones dieron nacimiento a mediados de 1974 a la Junta de Coordinación Revolucionaria. Comprendiendo que el sistema capitalista es un sistema mundial por tanto la organización revolucionaria debe trascender fronteras nacionales.

El desarrollo de la lucha obrera y popular, y las tareas que ésta plantea, exige forjar una alternativa revolucionaria superadora. Si hoy recuperamos la experiencia y la entrega de los militantes y organizaciones revolucionarias de los ´70 no es por motivaciones nostálgicas. Abrevamos en la experiencia pasada porque la consideramos cargada de futuro.

Hoy asistimos a una nueva crisis del sistema capitalista a escala planetaria. Ante este escenario nos afirmamos en la convicción de que el socialismo es un proyecto deseable y posible, y que constituye la única alternativa de superación frente a este sistema de muerte. Por eso nuestra tarea será la de construir las condiciones para que ese horizonte pueda ser visualizado como una opción real, por millones de trabajadores y trabajadoras en nuestro país y continente.

Como el Robi Santucho, como Miguel Enríquez, como el Che, como los miles de compañeras y compañeros revolucionarias y revolucionarios que compartieron su camino, debemos tomar las banderas que otros levantaron y sentirnos orgullosos de ser parte de la larga lucha de nuestro heroico pueblo latinoamericano.

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